Feb 19 / Nataly Cárdenas

Más allá de la reactividad: Mindfulness y transformación del conflicto

El conflicto no es solo una diferencia de ideas. Es, ante todo, una cuestión de atención.

Ante el desacuerdo, el cuerpo se adelanta. Una tensión casi imperceptible en el abdomen. Un cambio en la respiración. Un ligero estrechamiento en el pecho. Antes de que el pensamiento formule argumentos, algo ya se ha activado. Esa activación no es casual. Como señala la neurocientífica Lisa Feldman Barrett, el cerebro no espera a que ocurra algo para ponerse en marcha. Está constantemente anticipando. Busca patrones, completa historias, simula escenarios posibles y prepara respuestas antes de que seamos conscientes de ello.

Gran parte de lo que llamamos “pensar” es, en realidad, predecir. El cerebro utiliza lo que sabe del pasado para imaginar lo que podría ocurrir y decidir cómo actuar. Incluso cuando nos preocupamos o damos vueltas a algo, en el fondo estamos intentando adelantarnos a lo que vendrá.

En un conflicto, este sistema predictivo se activa con especial intensidad. El desacuerdo puede interpretarse como amenaza,  aunque no lo sea. Y entonces la mente hace lo que mejor sabe hacer: anticipar, completar, proteger. Tal vez puedas recordar una situación reciente en la que no estabas de acuerdo con alguien. Antes de explicar tu postura, ¿qué ocurrió en tu interior? ¿Hubo tensión? ¿Urgencia? ¿Necesidad de tener razón?

Esa reacción no depende únicamente del contenido del desacuerdo, sino del lugar desde el que ocurre. No suele activarnos igual una opinión lejana que una frase dicha por alguien con quien convivimos. ¿Por qué? Porque la convivencia no es neutra. Implica cercanía, expectativas e historia compartida. Toca lugares sensibles.Convivir requiere algo más que buena intención. Requiere un arte.

Arte para sostener la diferencia sin convertirla en amenaza.
Arte para reconocer la activación sin dejarnos arrastrar por ella.
Arte para estar en relación sin perder estabilidad interna.

Y cuando esa convivencia se amplía —en familias, equipos, comunidades—, ese arte se vuelve todavía más decisivo. Porque vivir juntos no es solo compartir espacio; es aprender a movernos con sensibilidad en medio de valores, creencias e identidades que no siempre coinciden.

Para sostener ese arte, primero necesitamos entender la reactividad.

Reactividad y patrones arraigados

La dificultad no está solo en convivir, sino en comprender qué se activa en nosotros cuando la convivencia se tensa.

La reacción que emerge ante la diferencia no es casual. Tiene raíces profundas. Forma parte de nuestra historia como especie y de nuestra historia personal.

Cuando algo se percibe como amenaza aunque sea solo simbólica, el cuerpo se activa con rapidez. La atención se orienta hacia la defensa, la protección o el repliegue. La perspectiva se estrecha y la interpretación gana intensidad. El significado se vuelve más rígido.

Nada de esto suele ser deliberado. No elegimos reaccionar así. Simplemente ocurre. Detrás de esa reacción hay patrones en los que se entrelazan biología, aprendizaje, experiencias pasadas y marcos culturales compartidos. Lo que sentimos como una “respuesta natural” es, en realidad, el resultado de múltiples capas que se han ido formando a lo largo del tiempo.

El conflicto no nace solo de las diferencias. Nace de cómo esas diferencias se viven y de cómo las interpretamos. Cuando alguien pone en cuestión algo que valoras, ¿qué se activa primero: el pensamiento… o el cuerpo?

Comprenderlo no elimina el conflicto. Pero sí modifica el lugar desde el que lo habitamos.

Cuando la atención cambia el vínculo

Aquí es donde la atención puede marcar una diferencia real. No porque elimine la activación, sino porque transforma la manera en que la atravesamos cuando aparece el conflicto.

En medio de una discusión, todo se acelera. Queremos responder. Aclarar. Defendernos. La escucha se estrecha. ¿Te ha ocurrido que una conversación se tensó más por el tono que por lo que realmente se dijo? ¿Nadie hizo una pausa y, en cuestión de minutos, todo quedó fuera de lugar.

En esos momentos, la presencia no es un lujo. Es la posibilidad de notar que algo se está activando antes de que nos arrastre por completo. No hablamos de una calma completa, sino de volver una y otra vez a un espacio de mayor estabilidad y claridad, incluso cuando la conversación se complica.

Eso no surge solo. Se aprende. Con el tiempo, empezamos a reconocer antes las señales: la respiración que cambia, la mandíbula que se tensa, el impulso de interrumpir o de cerrar la escucha. Señales tempranas. Y en un conflicto, ese pequeño margen puede cambiar la dirección del encuentro.

Lo que parece estrictamente individual no lo es. La manera en que cada persona gestiona lo que se activa en ella influye en la relación que se construye. La reactividad no es privada; se transmite, se amplifica o se regula en la relación.

En sociedades marcadas por polarización y complejidad, esta dimensión adquiere especial relevancia. Nuestra capacidad de convivir no depende solo de reafirmar posiciones, sino de cómo habitamos la diferencia sin que la reactividad fragmente el tejido relacional del que formamos parte.

El conflicto como fenómeno multidimensional

La experiencia individual no ocurre en el vacío. Lo que sentimos y cómo reaccionamos está atravesado por el contexto en el que vivimos: nuestras historias, las comunidades a las que pertenecemos, las creencias que compartimos.

El conflicto no es solo algo que sucede entre dos personas. Se despliega en distintos niveles al mismo tiempo. Hay emociones, hay comportamientos, y también hay estructuras más amplias: normas culturales, narrativas colectivas, dinámicas de poder que muchas veces ni siquiera advertimos.

La forma en que entendemos el conflicto influye en cómo lo vivimos. Si lo interpretamos como una amenaza absoluta, la defensa se impone casi sin margen. Si lo reconocemos como una tensión propia de la diversidad, el escenario cambia. La dificultad no desaparece, pero puede abrirse un espacio distinto.

Desde ahí, el conflicto deja de parecer una anomalía. Empieza a verse como parte de la convivencia humana. Vivir juntos no significa evitar tensiones, sino aprender a atravesarlas sin que se conviertan en una ruptura. Las diferencias no son el problema en sí. Lo decisivo es qué ocurre cuando nos activan.
Muchas escaladas no se producen únicamente por lo que está en juego, sino por reacciones automáticas que pasan inadvertidas. La activación se instala, estrecha la mirada y orienta la interacción.

Si el conflicto es inevitable, quizá la cuestión no sea cómo evitarlo, sino cómo aprender a vivir con él sin que nos divida.

¿Es posible ampliar el espacio entre lo que se activa en nosotros y la respuesta que damos?

Responder a esa pregunta implica mirar también lo compartido: las emociones colectivas, las normas implícitas, las historias que nos contamos sobre quién tiene razón y quién no. Implica preguntarnos si podemos cultivar una atención capaz de sostener la intensidad sin romper el vínculo.

Normas emocionales y significado compartido

A lo largo de la vida aprendemos qué emociones son apropiadas, cuáles deben moderarse y cuáles resultan inaceptables. Estas expectativas configuran lo que podríamos llamar normas emocionales, que orientan la experiencia dentro de un grupo e influyen, a menudo de manera implícita, en nuestras respuestas.

En contextos de conflicto entre grupos o identidades, no reaccionamos únicamente desde nuestra emoción individual, sino también desde lo que percibimos que nuestro grupo considera legítimo sentir. La emoción puede convertirse así en un marcador identitario. Cuando emoción e identidad se entrelazan, la polarización tiende a intensificarse.

En esos momentos, es fácil que lo que pensamos y lo que sentimos se fusionen. Damos por hecho que nuestra emoción describe la realidad tal como es. Si me siento atacado, concluyo que estoy siendo atacado. Si me siento ignorado, asumo que me están ignorando. Cuanto más intensa es esa identificación, más difícil se vuelve abrir espacio para otra interpretación.

Si las emociones están mediadas por normas y narrativas compartidas, la transformación del conflicto requiere algo más que cambios estructurales. Implica también advertir cómo se están configurando nuestras respuestas en el momento en que aparecen.

En este punto cabe una pregunta sencilla, pero no trivial:
¿Hasta qué punto distinguimos entre lo que sentimos y la historia que construimos a partir de esa emoción?

Puede resultar útil recordar una situación que generó conflicto y desacuerdos.

¿Qué emoción apareció primero?
¿Qué pensamientos o interpretaciones surgieron después?
¿Qué impulso de acción comenzó a formarse (defenderse, retirarse, atacar, justificarse)?

No para cambiar nada, sino para observar cómo emoción, pensamiento e impulso se enlazan casi sin dejar espacio entre ellos.

Esta capacidad de darse cuenta constituye uno de los ejes centrales del entrenamiento en mindfulness, abrir un intervalo donde antes solo había reacción.

Mindfulness y presencia en la relación

La investigación sobre mindfulness ha mostrado que su práctica se asocia con una mayor regulación emocional y con una conciencia más clara de los propios procesos mentales. No se trata de eliminar emociones intensas, sino de transformar la relación que establecemos con ellas.

En otras palabras, no cambia necesariamente lo que sentimos, sino la manera en que nos situamos frente a ello.

Uno de los procesos que explica este cambio es el llamado descentramiento: la capacidad de observar pensamientos y emociones como experiencias que aparecen y desaparecen, en lugar de asumir que describen la realidad tal como es. No dejamos de sentir, pero dejamos de identificarnos por completo con lo que sentimos.

La práctica comienza con gestos sencillos como el no juicio o la apertura que, con el tiempo, pueden arraigar en una mayor flexibilidad: una forma más amplia de estar con lo que sentimos sin quedar atrapados en ello. De ahí pueden consolidarse cualidades más estables, como la ecuanimidad o la compasión. No es un cambio brusco, sino un proceso que se va asentando poco a poco.

Y ese proceso no se queda en lo individual. A medida que se integra, influye en la calidad del vínculo y en la manera en que participamos en los encuentros con otros.

Más allá de sus efectos en la atención y en la manera en que comprendemos la experiencia, la práctica de mindfulness puede entenderse también en su dimensión relacional. No se limita al fortalecimiento de habilidades individuales; abre la posibilidad de habitar la relación con los otros de un modo distinto.
Supone reconocer la interdependencia que sostiene nuestra experiencia. Lo que ocurre en nosotros influye en la relación, y la relación influye también en nosotros. Nada de lo que sentimos o pensamos queda completamente aislado. Participa, de manera sutil o explícita, en la configuración del encuentro compartido.

La forma en que gestionamos nuestra activación interna modela el tono del vínculo. Puede cerrarlo o abrirlo. Puede tensarlo o suavizarlo. La atención deja entonces de ser solo introspectiva y se convierte en una forma de presencia que afecta al espacio común.

En ese espacio emerge la empatía. Supone una sensibilidad hacia la experiencia del otro, una resonancia con su estado emocional y una disposición a acercarnos a su manera de ver la situación. Esta apertura puede suavizar la rigidez con la que sostenemos nuestra propia posición, y ampliar el marco desde el que miramos el conflicto. Pero hay momentos en que el conflicto toca zonas más sensibles: heridas, miedo, desconfianza. En esos casos, la resonancia emocional puede no ser suficiente, es entonces cuando entra la compasión.
Mientras la empatía nos permite percibir y comprender la experiencia del otro, la compasión añade una orientación hacia el alivio del sufrimiento. No implica resolver de inmediato o resolver a toda costa, sino que es, ante todo una forma de estar, una presencia que no se retrae ante el malestar y que puede mantenerse abierta sin perder estabilidad.

Esta manera de estar se cultiva. La práctica de mindfulness, junto con el entrenamiento explícito en compasión, contribuye a ampliar el campo mental y emocional, flexibiliza la percepción y fortalecer recursos internos como la resiliencia, la confianza y la capacidad de conexión. No se trata de alcanzar un ideal, sino de crear condiciones que permitan sostener la experiencia propia y ajena con mayor amplitud.

Por todo ello, en los últimos años, el interés por mindfulness se ha extendido más allá de ámbitos especializados. Ha ido encontrando espacio tanto en instituciones como en la sociedad en general, acompañado por una base científica cada vez más amplia.

Este crecimiento no responde solo a una tendencia. Refleja una búsqueda más profunda: la necesidad de modelos que ayuden a afrontar los desafíos contemporáneos desde una comprensión más integral de la experiencia humana, tanto en lo individual como en lo colectivo.

En esa misma línea, algunos organismos internacionales han comenzado a reconocer explícitamente esta dimensión relacional. La proclamación del 21 de diciembre como Día Mundial de la Meditación por parte de las Naciones Unidas puede leerse como un gesto simbólico en esa dirección: la forma en que atendemos y respondemos a nuestra experiencia no es un asunto privado, sino algo que influye en la calidad de los vínculos que construimos.

La experiencia humana no se produce en aislamiento. Se configura en la intersección entre biología, historia, cultura y relación. Las emociones que surgen y el significado que atribuimos a lo que ocurre emergen dentro de un entramado compartido.

Si el conflicto puede entenderse como una alteración del vínculo, su transformación implica revisar la manera en que habitamos ese vínculo. La calidad de la atención que llevamos al espacio relacional influye en la forma en que este se configura.

La construcción de culturas de paz no depende únicamente de acuerdos formales o reformas estructurales. Se nutre también de cómo aprendemos a vivir las diferencias desde una conciencia más amplia de nuestra interdependencia.
BIBLIOGRAFÍA
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Brown, K. W., y Ryan, R. M. (2003). The benefits of being present: Mindfulness and its role in psychological well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 84(4), 822–848. https://doi.org/10.1037/0022-3514.84.4.822
Galtung, J. (2007). Peace by peaceful conflict transformation: The TRANSCEND approach. En C. Webel y J. Galtung (Eds.), Handbook of peace and conflict studies (pp. 14–34). Routledge. https://www.mkgandhi.org/ebks/handbook-of-peace-and-conflict-studies.pdf
Feldman Barrett, L. (2018) La vida secreta del cerebro: Como se construyen las emociones. Paidos.
Kabat-Zinn, J. (2015, octubre). Mindful Nation UK. The Mindfulness Initiative. https://www.themindfulnessinitiative.org/Handlers/Download.ashx?IDMF=1af56392-4cf1-4550-bdd1-72e809fa627a
Sofer, O. J. (2018). Say what you mean: A mindful approach to nonviolent communication. ShambhalaPublications.
The Mindfulness Initiative. (2015, octubre). Mindful Nation UK, Report by the Mindfulness All-Party Parliamentary Group (MAPPG).
Vivimos inmersos en una ilusión: la creencia de que somos los autores de nuestros propios pensamientos. Este espejismo nos acompaña, llevándonos a asumir que podemos controlar, dirigir y, en última instancia, dominar nuestra actividad mental. Es cierto que podemos influir en el cauce de nuestros pensamientos, pero la mayor parte del tiempo, el pensamiento surge por sí mismo, de forma espontánea, sin necesidad de que lo invoquemos. Pero… ¿Por qué es así?

Si el pensamiento es, en efecto, un proceso tan natural y desbordante, ¿por qué no podemos simplemente apagar el cerebro cuando no necesitamos realizar una tarea concreta? A menudo, consideramos que la actividad cerebral está vinculada directamente al pensamiento consciente, a nuestra capacidad para realizar acciones o resolver problemas. Pero lo que ocurre en realidad es que el cerebro está siempre activo, incluso cuando no estamos comprometidos en ninguna acción específica. Es un órgano que nunca se detiene, como le pasa al corazón.

Hasta bien entrado el siglo XXI, los investigadores estaban interesados principalmente en funciones específicas del cerebro: la memoria, la percepción, la atención, entre otras. Los estudios se centraban en realizar tareas específicas para observar cómo respondía el cerebro a diferentes estímulos. Pero durante mucho tiempo, se pasó por alto un aspecto crucial: el pensamiento espontáneo: ese flujo incontrolado de ideas que nos asalta en los momentos en los que no estamos enfocados en un objetivo particular.

A finales de los 90 y principios de los 2000, los científicos empezaron a darse cuenta de algo fascinante: incluso cuando el cerebro no está realizando ninguna tarea concreta, sigue mostrando una gran actividad. Esto llevó a un cambio de paradigma. Ya no se trataba solo de estudiar cómo el cerebro funcionaba mientras resolvía problemas o percibía el mundo, sino de explorar qué hacía cuando no estaba ocupado con nada en particular.

Una de las investigadoras pioneras en este campo es Kalina Christoff, una experta en lo que ahora llamamos “pensamiento espontáneo”. Nacida en Bulgaria y actualmente profesora en la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, Kalina ha dedicado su carrera a investigar cómo y por qué el cerebro genera pensamientos espontáneos. Tuve la suerte de conocerla en una serie de conferencias sobre neurociencia de la meditación organizadas por Upaya. Su trabajo ha revelado que el pensamiento espontáneo no es una rareza, sino una constante en nuestra experiencia mental. Incluso ahora, mientras lees estas palabras, tu cerebro podría estar generando otros pensamientos que tienen relación parcial con el contenido de este texto. Es inevitable, es parte de nuestra naturaleza.

El pensamiento espontáneo se vuelve más evidente cuando no estamos orientados hacia una tarea concreta. Para entender mejor este fenómeno, podemos imaginar un eje, en cuyo extremo derecho se encuentra el pensamiento restringido, y en el extremo izquierdo, el pensamiento completamente libre. Cuando estamos concentrados en una tarea específica, el pensamiento está restringido a un canal muy estrecho. Por ejemplo, si estamos resolviendo un problema matemático complejo, nuestra mente se enfoca en los elementos relevantes para esa tarea. Este tipo de dinámica cognitiva se conoce como “pensamiento orientado a un objetivo”.

Imaginemos que hemos pasado una hora concentrados en resolver ese problema matemático y luego salimos a dar un paseo. De repente, el cauce de nuestro pensamiento, antes estrecho, se expande. Comenzamos a pensar en otras cosas: la charla que tuvimos con un amigo, lo que tenemos que hacer al día siguiente, o alguna idea creativa que nos viene de la nada. Una solución diferente al problema que antes enfrentábamos de forma concentrada. Este es el terreno del “pensamiento creativo”. Es un tipo de pensamiento menos restringido que el orientado a un objetivo, pero aún conectado con nuestras preocupaciones y tareas del día. A veces, en este estado más relajado, encontramos soluciones inesperadas a los problemas que no logramos resolver cuando estábamos intensamente concentrados.


A medida que el día avanza y dejamos de lado las obligaciones, el pensamiento se vuelve aún más libre. Al conducir de vuelta a casa después de un día largo, nuestra mente comienza a divagar. Nos asaltan pensamientos sobre lo que hicimos, o lo que dejaremos para mañana, la conversación que tuvimos en el trabajo o la duda sobre si tomamos la decisión correcta. Es en este estado de divagación mental, conocido como “mind-wandering”, donde el pensamiento es aún más espontáneo, fluido, sin dirección fija.

Este tipo de pensamiento está compuesto de diferentes elementos: por un lado, hay contenido episódico, es decir, relatos sobre lo que ocurrió o lo que podría ocurrir. Por otro, está el contenido semántico, que le da significado a esos pensamientos. Y en el centro de todo, está el “yo”. El ego es el hilo conductor que atraviesa todos nuestros pensamientos. Cada pensamiento está relacionado con nosotros: nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras proyecciones. Un pensamiento sobre algo que podríamos perder nos causa ansiedad porque somos nosotros los que lo perdemos. Un pensamiento sobre algo que podríamos ganar nos genera deseo, porque somos nosotros los que lo ganamos. Este hilo constante del yo une todo el contenido de nuestra vida mental.


Por la noche, después de todo un día de pensamiento orientado, creativo y espontáneo, nos acostamos y caemos en el sueño. Durante las primeras fases de sueño profundo, las ondas cerebrales son lentas y rítmicas, pero después aparece una fase especial: el sueño REM. En este estado, las ondas cerebrales se vuelven rápidas, y la actividad en algunas regiones del cerebro puede superar la de la vigilia. Es en el sueño REM donde soñamos, otra forma de cognición que implica aún menos restricción que la divagación mental. En los sueños, el contenido de nuestra mente se libera completamente, mezclando lo real con lo imaginario, lo vivido con lo inventado.

Sabemos que el sueño REM es esencial para nuestra salud mental. En un estudio, se expuso a dos grupos de participantes a imágenes emocionales en dos momentos distintos, con 12 horas de diferencia. Al primer grupo se le mostró las imágenes por la mañana y por la noche del mismo día, mientras que al segundo grupo se le permitió dormir entre ambas exposiciones. Los resultados mostraron que aquellos que habían dormido experimentaron una menor activación de la amígdala —una de las regiones del cerebro implicadas en el procesamiento de emociones como la amenaza— cuando volvieron a ver las imágenes. Parece que durante el sueño REM, los contenidos emocionales que hemos vivido durante el día se recrean, y en este entorno, se produce una especie de desacoplamiento entre el recuerdo y la emoción. El REM, en este sentido, actúa como un terapeuta interno, ayudándonos a procesar las emociones y reducir su impacto negativo. No es casualidad que las alteraciones en el sueño REM estén presentes en trastornos como la depresión.

El pensamiento espontáneo, la divagación y el sueño REM nos revelan algo fundamental: el cerebro nunca está quieto. Lo hace incluso cuando no lo necesitamos, incluso cuando no lo pedimos. Este es uno de los grandes misterios de la mente humana, y entenderlo es clave para comprendernos a nosotros mismos.

Existe una segunda dimensión del pensamiento que es más compleja, más oscura, y más difícil de entender: la rumiación.


Escrito por Nataly Cárdenas

Instructura de Deeper Mindfulness: Explorando el tono afectivo
Licenciada en Psicología por la Universidad Cayetano Heredia de Lima,especialista en Prevención y Tratamiento de las Adicciones.
  desarrollo personal

Deeper Mindfulness

Explorando el tono afectivo

Basado en las investigaciones más recientes de la neurociencia, el programa aborda aspectos fundamentales de mindfulness y revela cómo el tono afectivo moldea nuestra percepción e interpretación de las experiencias.

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