ARTÍCULO

Cerebro social, entre la necesidad de conexión y de protección

escrito por
gustavo diex
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Los erizos se atraen mutuamente, pero también temen el pinchazo del otro. Esta paradoja refleja la tensión entre la necesidad de conexión con los demás y la necesidad de protegerse de la vulnerabilidad y el dolor emocional. Muchos filósofos han utilizado esta metáfora para analizar la tensión entre necesidad y libertad.

Lo que está claro es que la gran adaptación del ser humano se debe, sobre todo, a nuestra capacidad social. Somos los únicos primates que se pueden juntar en grupos extraordinariamente grandes de individuos, trabajando con objetivos y horizontes comunes. Para fabricar un arma afilada con sílex hace falta un solo individuo, para construir una central nuclear hace falta el trabajo coordinado de muchísimos individuos durante generaciones.

Sin embargo, esta capacidad también ha sido responsable de algunos de los mayores desafíos que enfrenta la humanidad, desde la creación de desigualdades sociales y económicas hasta la degradación ambiental global. Si bien, nuestra capacidad para trabajar juntos es una de nuestras mayores fortalezas, también puede ser nuestra perdición si no la utilizamos con sabiduría y responsabilidad.

Individualmente, las relaciones sociales son esenciales para nuestro bienestar mental y emocional. Como seres sociales, necesitamos interactuar y conectarnos con los demás para sentirnos realizados y felices. Sin embargo, cuando estas relaciones no son satisfactorias, pueden convertirse en una de las principales causas de estrés en nuestras vidas.
En nuestros estudios en empresas, hemos analizado que la principal causa de estrés en los trabajadores es la relación con sus compañeros y superiores. Esto no es sorprendente, ya que nuestro cerebro está diseñado para socializar y, por lo tanto, su mayor vulnerabilidad está relacionada con la socialización. La necesidad de ser aceptados y valorados por nuestro grupo social es fundamental para nuestra supervivencia y bienestar.

Al conjunto de habilidades cerebrales que nos permiten estructurarnos en sociedades grandes y complejas le denominamos el cerebro social. Un animal social se define como aquel que no puede sobrevivir si no es en comunidad. El humano es un animal social.

En el microcosmos de nuestra subjetividad, el problema aparece cuando nos vemos secuestrados por nuestra corriente emocional, y el consiguiente sufrimiento que puede originar en nosotros y nuestros seres queridos. 


Regulación emocional


En ocasiones, nos encontramos siendo arrastrados por la corriente emocional, como un nadador sorprendido por una resaca en el océano. Nos invade el miedo y tratamos de nadar en contra de una fuerza que es imposible de vencer, luchando como un ratón en las fauces de un gato. Sin embargo, cualquier nadador experimentado en aguas abiertas sabe que resistir la corriente es inútil. Es mejor relajarse y dejarse llevar por el flujo. Tarde o temprano, podremos bordear la corriente y regresar a la costa. A veces, tratar de tener un control excesivo sobre nuestras emociones puede llevarnos a situaciones paradójicas. Regular las emociones implica, sobre todo, observar. 

Estamos demasiado atraídos por el control. Como si hubiéramos incorporado la regañina de un hombre severo, que antes de comprender a un niño, le endereza dolorosamente como si fuera un ente malvado y torcido. El estrés emocional que genera un conflicto no es agradable, pero, tal vez, si pudiéramos tener un potenciómetro interno con el que poner a cero nuestros registros emocionales cada vez que sintiéramos emociones desagradables o demasiado salvajes, no tendríamos posibilidad de aprender. Los momentos de más valentía, están precedidos de una gran vulnerabilidad. La regulación emocional tiene ese peligro: intentar enderezar las emociones sin antes observar con cuidado.

Esta "escucha de uno mismo" es un requisito lógico, y de hecho, un primer paso necesario. Cuando estamos inmersos en un conflicto, podemos sentirnos atrapados en una prisión perfecta, donde no parece haber ninguna posibilidad de emancipación. Los barrotes que nos rodean no son de acero, sino más bien invisibles, surgidos de nuestras propias reacciones emocionales: la evitación a situaciones desafiantes o a nuestra limitada capacidad de pensar. Estos obstáculos internos nos impiden ver con claridad las opciones disponibles para nosotros.

El proceso de escucharnos a nosotros mismos no es fácil, requiere tiempo, paciencia y honestidad con uno mismo. Pero a medida que aprendemos a hacerlo, podemos superar los obstáculos internos que nos impiden encontrar soluciones a nuestros conflictos.

En la regulación emocional, la aceptación está en el centro. Cuando nos exponemos a las emociones difíciles, sin dejarse llevar por las primeras reacciones u opiniones, comienza un proceso en el que eventualmente se puede dar una nueva comprensión y una nueva vía de resolución. A ese fenómeno le llamamos reevaluación. La visión del mindfulness es clara. Cuanto más tiempo puedas pasar en la observación, sin intentar arreglar nada, sin intentar buscar soluciones, más probable es que se desarticulen los automatismos y puedas ver con más claridad. En mindfulness desarrollamos metacognición y desidentificación. Para aumentar la metacognición invitamos a observar el pensamiento, las emociones y las sensaciones. Para fortalecer la desidentificación invitamos a "abrir" la puerta de entrada y la puerta de salida.

No hay recetas concretas para resolver conflictos. Sí que hay "disposiciones" que permiten generar un cambio en la manera de afrontar los conflictos cotidianos.

Una nota sobre la emoción


El cerebro genera respuestas emocionales para que te adaptes. La ansiedad que causa una mala noticia, aunque sea desagradable, prepara al cuerpo para la acción. Genera un sentimiento de urgencia que hace que te enfoques en eso y no en otra cosa.

Tenemos muy arraigada la idea platónica que separa el intelecto, de la emoción y el cuerpo. Una idea que llevó a McLean, médico y neurocientífico estadounidense, a afirmar que nuestro cerebro se clasifica en tres. La parte reptiliana, el sistema límbico y la neocorteza.

El cerebro de los primeros reptiles era sobrepasado por un cerebro mamífero y posteriormente por un cerebro humano. Como si la serpiente cascabel, tan contemporánea como nosotros, no tuviera córtex prefrontal. Esa concepción del cerebro nos hace concebir una eterna lucha entre afectos, instintos, necesidades y razón. Para Mclean, la neocorteza sería una parte característica del ser humano, que le dotaría de las capacidades especiales del ser humano. Sin embargo, ya en los años 90, esta visión del ser humano -y el cerebro- fue desestimada.

La emoción y el intelecto trabajan sinérgicamente. No existen ideas exentas de pasión, ni pensamientos aislados del cuerpo.
 ¿Cómo podríamos reflexionar sobre el espacio, o el tiempo, si no tuviéramos un aparato perceptivo, o un cuerpo con el que comparar otros cuerpos, o una cronobiología que nos aporte la experiencia de cambio continuo?

La habilidad de pensar en el ser humano ha sido considerada el gran secreto de su adaptación. Como si ese pensar ocurriera independiente de la emoción o la percepción. La riqueza emocional nos ha hecho formar sociedades con un gran número de individuos, todos unidos por valores y mitos comunes. 

Queremos construir sociedades más justas, que respeten la integridad de los individuos, y no solo lo hacemos con argumentos intelectuales, vacíos de sentimiento. "Creemos" en ello. Nos mueve por dentro. Nos da un "sentido" vital. Nos emociona.


¿Por qué tanta fijación con la consciencia del cuerpo?


Hay pruebas empíricas que muestran cómo pacientes con lesiones en la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC) tienen menos capacidad para tomar buenas decisiones. Un estudio liderado por Antonio Damasio, neurocientífico pionero en el estudio de la integración de la emoción en la toma de decisiones y el aprendizaje, trataba sobre un juego con dinero real. Los participantes con lesiones del vmPFC seleccionan repetidamente la opción financiera más arriesgada, hasta el punto de llegar a la quiebra, y a pesar de su comprensión cognitiva de que sus elecciones no eran las correctas. Las medidas fisiológicas sugieren que estos participantes se comportan así porque no experimentan las señales emocionales en el cuerpo, como la sensación de miedo en el estómago, -que Damasio llama, marcadores somáticos-.

Y es que la consciencia corporal está íntimamente relacionada con la consciencia de las emociones. Los que perciben mejor los latidos del corazón son mejores para leer sus propios sentimientos emocionales, y los sujetos que son mejores para leer sus propios sentimientos son mejores para leer los sentimientos emocionales de los demás. Las personas que tienen más consciencia corporal funcionan mejor no sólo a nivel emocional, sino también cognitivo. Toman mejores decisiones en función de las señales sutiles del entorno, se desenvuelven mejor en tareas de atención selectiva y dividida, y responden más rápidamente a las elecciones intuitivas.

Escrito por Gustavo Diex

Director del Instituto Nirakara,
Físico Teórico (UAM). Máster en Neurociencia (UAB). Máster en Inteligencia Artificial (UPM). TDI en el Centro de Mindfulness de la Universidad de Massachusetts. Codirector del MBSR (Mindfulness-Based Stress Reduction) de la Universidad Complutense de Madrid y Codirector del Máster en Mindfulness en Contextos de Salud de la UCM. Investigador y profesor de Intervenciones basadas en Mindfulness.

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