Jun 5
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Emiliano Bruner
La mente que genera el problema es la única capaz de resolverlo
POR EMILIANO BRUNER
Museo Nacional de Ciencias Naturales, CSIC, Madrid
Centro de Investigación en Enfermedades Neurológicas, Madrid
La morfología es la disciplina que estudia la forma. Como es de esperar, es una disciplina que se ha especializado en medir, cuantificar y, sobre todo, comparar. Todo lo que tiene forma puede acabar bajo el foco de esta ciencia, que mezcla geometría, matemática e ingeniería, pero es verdad que el campo donde más se ha desarrollado es la biología, que la necesitaba para medir la ingente y maravillosa variabilidad de las formas de la vida. Por un lado, esta asombrosa variabilidad genera un reto constante para los morfólogos, tanto en el plano de los principios como en el de los métodos y las técnicas. Al mismo tiempo, al tener como objeto de estudio la vida, este campo se topa inevitablemente con cuestiones filosóficas y grandes preguntas que mezclan lo orgánico con lo conceptual. Pues bien, en el mundillo de la morfología hay un debate que resulta un tanto difícil de enunciar en nuestra lengua: si la «forma» se puede separar entre forma y dimensión. En español (como en italiano), esta frase puede parecer más críptica de lo que es en realidad porque, al contrario de los ingleses, en este caso los herederos del latín no hemos sentido la necesidad de forjar términos más precisos. En inglés, la palabra form se refiere a todos los atributos geométricos y espaciales, mientras que shape alude únicamente a los aspectos que atañen a las relaciones entre los elementos. Así pues, form incluye la forma (shape) y el tamaño. Por ejemplo, cuadrado describe solo la shape, mientras que «cuadrado de 10 cm de lado» especifica la form. De ahí que haya surgido el debate sobre la posibilidad real de separar estos elementos, en el que se argumenta en torno a tres posibilidades: i) Son dos aspectos reales de las formas; ii) No son aspectos reales de las formas; iii) No sabemos si son reales o no, pero es muy útil separar ambos aspectos para planear análisis y estrategias, e interpretar nuestras observaciones. Profesionalmente, yo me he criado con la morfología, y por el momento avalo la tercera posición.
También en este caso los dos términos se usan generalmente como sinónimos, pero podemos aprovechar la labor epistemológica de los morfólogos para considerar si nos viene bien entrar en matices diferentes. Por ejemplo, podemos referirnos al crecimiento personal como un aumento dimensional de nuestro potencial, una expansión, una apertura, una ampliación, mientras que podemos aludir al desarrollo personal cuando se da un cambio de forma, de proporciones entre nuestras cualidades, o de relaciones, tanto internas (con nosotros mismos) como externas (con el mundo que nos rodea). Cada cual puede intentar aplicar esta división conceptual a su propia vida, o a momentos distintos de su propia vida, para poder apreciar cambios que hayan sido, en este sentido, importantes. Desde luego, sabemos que estos aspectos se influyen entre sí, tanto como se influyen en la formación de un cuerpo: cuando se abren los horizontes se reconfiguran las relaciones, y cuando cambian las relaciones se descubren nuevos horizontes. El espacio crea posibilidades.
Ambas cuestiones son clave en muchas tradiciones filosóficas, y requieren un fino equilibrio entre el yo (una unidad cognitiva consciente de sí misma) y el ego (el protagonista de la película de nuestra vida). La expansión del ego suele generar una retracción del yo, que se ve mermado y mutilado por miedos, deseos, anhelos, esperanzas, expectativas e incertidumbres, cuando no por odios y rencores acumulados a lo largo de décadas. Así que una expansión del yo, necesariamente, requiere una retracción del ego. Y además un cambio en la relación entre ambos: el ego ya no como secuestrador del yo, sino como su portavoz en el mundo real. Crecimiento y desarrollo.
Todo ello podemos intentar asociarlo a diferentes aspectos del proceso cognitivo, y preguntarnos qué parte de nuestra mente trabaja a favor del yo como nodo de sensación, emoción y pensamiento, y cuál se dedica más al ego, es decir, a esta máscara ficticia a la que solemos anclar nuestra identidad. En este sentido, es muy interesante en la propuesta de John Teasdale de separar el proceso mental en dos sistemas: uno conceptual y uno intuitivo. El sistema intuitivo (más afín al yo) se apoya directamente en los sentidos, en particular integrando las entradas visuales, auditivas y somáticas. Funciona casi como una inteligencia artificial: asocia eventos e informaciones, y por eso puede responder de forma rápida y manipular una gran cantidad de datos. El sistema conceptual (más afín al ego), por su parte, maneja imágenes y palabras para crear un escenario de conceptos, razonamientos, lógicas y explicaciones. Es más lento y puede manejar menos datos que el sistema intuitivo, pero es capaz de interpretar y entender los resultados de estos datos. El sistema conceptual es el que ha proporcionado a nuestra especie la posibilidad de desarrollar una enorme complejidad social y tecnológica, pero es también el sistema que nos hace tener la cabeza como un bombo sin parar, proyectando pasados y futuros que, pese a no ser reales, nos afligen como si lo fueran. El sistema conceptual es el que ceba el ego, forjando el personaje de la película según razonamientos a menudo muy sesgados y tramposos, que sin embargo se presentan como ciertos y lógicos. Así que cuando nuestro proyector interno de imágenes (escenas) o palabras (monólogos) se hace bola, deberíamos replegarnos hacia nuestro sistema intuitivo, menos inteligente pero más sabio: no sabe resolver problemas, pero sabe evitarlos. Por eso Teasdale y su terapia cognitiva basada en mindfulness se centran en potenciar el sistema holístico-intuitivo, y sobre todo su parte somática, porque, no está «contaminada» por el sistema conceptual. Sin embargo, la vista y el oído, además de servir al sistema intuitivo, también alimentan el sistema conceptual, proporcionándole precisamente la materia prima, es decir, las imágenes y palabras.
Una aplicación concreta de esta separación la encontramos a la hora de estudiar cómo varía un organismo a lo largo de su vida. En este sentido, los términos crecimiento y desarrollo muchas veces se usan como sinónimos, pero no en morfología, donde sin embargo denotan dos procesos muy distintos: el crecimiento se refiere al cambio de tamaño, mientras que el desarrollo se refiere al cambio de forma (en el sentido de shape). Porque, a lo largo de algunas etapas concretas la vida, se dan cambios solo en uno u otro de estos dos aspectos. Aun así, como en una obra de arquitectura o de ingeniería, ambos se influyen mutuamente. El crecimiento provoca vínculos en el desarrollo, y el desarrollo canaliza el crecimiento. Y esto nos lleva a una cuestión importante acerca del «potencial humano» (como lo llamaba Erich Fromm): la diferencia entre crecimiento personal y desarrollo personal.
También en este caso los dos términos se usan generalmente como sinónimos, pero podemos aprovechar la labor epistemológica de los morfólogos para considerar si nos viene bien entrar en matices diferentes. Por ejemplo, podemos referirnos al crecimiento personal como un aumento dimensional de nuestro potencial, una expansión, una apertura, una ampliación, mientras que podemos aludir al desarrollo personal cuando se da un cambio de forma, de proporciones entre nuestras cualidades, o de relaciones, tanto internas (con nosotros mismos) como externas (con el mundo que nos rodea). Cada cual puede intentar aplicar esta división conceptual a su propia vida, o a momentos distintos de su propia vida, para poder apreciar cambios que hayan sido, en este sentido, importantes. Desde luego, sabemos que estos aspectos se influyen entre sí, tanto como se influyen en la formación de un cuerpo: cuando se abren los horizontes se reconfiguran las relaciones, y cuando cambian las relaciones se descubren nuevos horizontes. El espacio crea posibilidades.
Ambas cuestiones son clave en muchas tradiciones filosóficas, y requieren un fino equilibrio entre el yo (una unidad cognitiva consciente de sí misma) y el ego (el protagonista de la película de nuestra vida). La expansión del ego suele generar una retracción del yo, que se ve mermado y mutilado por miedos, deseos, anhelos, esperanzas, expectativas e incertidumbres, cuando no por odios y rencores acumulados a lo largo de décadas. Así que una expansión del yo, necesariamente, requiere una retracción del ego. Y además un cambio en la relación entre ambos: el ego ya no como secuestrador del yo, sino como su portavoz en el mundo real. Crecimiento y desarrollo.
Todo ello podemos intentar asociarlo a diferentes aspectos del proceso cognitivo, y preguntarnos qué parte de nuestra mente trabaja a favor del yo como nodo de sensación, emoción y pensamiento, y cuál se dedica más al ego, es decir, a esta máscara ficticia a la que solemos anclar nuestra identidad. En este sentido, es muy interesante en la propuesta de John Teasdale de separar el proceso mental en dos sistemas: uno conceptual y uno intuitivo. El sistema intuitivo (más afín al yo) se apoya directamente en los sentidos, en particular integrando las entradas visuales, auditivas y somáticas. Funciona casi como una inteligencia artificial: asocia eventos e informaciones, y por eso puede responder de forma rápida y manipular una gran cantidad de datos. El sistema conceptual (más afín al ego), por su parte, maneja imágenes y palabras para crear un escenario de conceptos, razonamientos, lógicas y explicaciones. Es más lento y puede manejar menos datos que el sistema intuitivo, pero es capaz de interpretar y entender los resultados de estos datos. El sistema conceptual es el que ha proporcionado a nuestra especie la posibilidad de desarrollar una enorme complejidad social y tecnológica, pero es también el sistema que nos hace tener la cabeza como un bombo sin parar, proyectando pasados y futuros que, pese a no ser reales, nos afligen como si lo fueran. El sistema conceptual es el que ceba el ego, forjando el personaje de la película según razonamientos a menudo muy sesgados y tramposos, que sin embargo se presentan como ciertos y lógicos. Así que cuando nuestro proyector interno de imágenes (escenas) o palabras (monólogos) se hace bola, deberíamos replegarnos hacia nuestro sistema intuitivo, menos inteligente pero más sabio: no sabe resolver problemas, pero sabe evitarlos. Por eso Teasdale y su terapia cognitiva basada en mindfulness se centran en potenciar el sistema holístico-intuitivo, y sobre todo su parte somática, porque, no está «contaminada» por el sistema conceptual. Sin embargo, la vista y el oído, además de servir al sistema intuitivo, también alimentan el sistema conceptual, proporcionándole precisamente la materia prima, es decir, las imágenes y palabras.

Los subsistemas cognitivos de John Teasdale
Ahora bien, a esta perspectiva hay que añadir dos consideraciones. Primero, que no podemos prescindir del sistema conceptual, que ha sido precisamente una de las grandes y profundas adaptaciones evolutivas de Homo sapiens. Y, segundo, que aunque este sistema se nos vaya de las manos porque nadie nos ha facilitado el libro de instrucciones para usarlo decentemente, es un sistema muy potente y muy especializado. Así que en realidad el objetivo no debería ser mandarlo callar, sino aprender a usarlo, porque no podemos liberarnos de él, y porque es extraordinariamente bueno. Claro está que hay que usarlo con cuidado, porque es tan bueno que nos puede engañar con facilidad, convenciéndonos de las absurdas (y perjudiciales) razones de nuestro ego, y puede tomar en cualquier momento el poder y el control de nuestras emociones y pensamientos. Así que hay que aprender a usarlo, y al mismo tiempo hay que mantenerlo bajo la atenta mirada de la experiencia, por si quisiera dar un golpe de estado. Como se suele decir, la mente que genera el problema es la misma mente que puede resolverlo, y esta mente es, mira tú por dónde, sobre todo conceptual.
Para enfrentarse al reto de reequilibrar estos dos sistemas, que están sumidos en un conflicto natural y espontáneo entre sí, muchas culturas han llegado a la conclusión de que se necesita un entrenamiento específico, que se llama meditación. La práctica meditativa es precisamente la herramienta que nos permite aprender a observar cómo trabajan estos dos sistemas, sus dinámicas y sus relaciones, y percibir sus limitaciones y potencialidades. Es, por definición, una práctica, una experiencia, algo empírico, donde el cuerpo es el laboratorio, y la mente es el objeto de investigación. Sin embargo, se sustenta también en una serie de conceptos que potencian su mensaje y su aplicación, y que al mismo tiempo se ven potenciados por la práctica que, más allá de entenderlos, permite «vivirlos». Conceptos como la presencia, la ecuanimidad, la aceptación, la bondad y la compasión, el deseo y la aversión, la impermanencia y la interconexión, se perciben en el sistema intuitivo, pero se entienden con el sistema conceptual, generando una simbiosis entre estos dos procesos que, en nuestra especie, puede ser particularmente fructífera. Un caso extremo es el zen, donde se pretende eliminar por completo el sistema conceptual, no solo de la práctica, sino también de la enseñanza, dejando que el sistema intuitivo prospere a sus anchas. En el polo opuesto tenemos a los estoicos, que llegaron a conclusiones muy parecidas a las de los budistas, pero con una diferencia sustancial: para ellos, meditar quiere decir desarrollar todo el potencial del sistema conceptual, y solo de este. Alegan que somos seres conceptuales, y la liberación pasaría entonces para dejarlo que obre al máximo de sus capacidades. Es una estrategia muy sensata, pero requiere previamente una limpia de este sistema conceptual acaparador y agresivo. Limpia que la mayoría de las personas no han hecho, confiando ciegamente en un sistema conceptual tramposo y distorsionado.
Está claro que crecimiento y desarrollo personal no se limitan a los aspectos fundamentales del entrenamiento cognitivo. Todo ello se apoya, a su vez, sobre la perspectiva más general del yoga, que incluye el saber relacionarse con uno mismo y con los demás, cuidar el cuerpo, la respiración y los sentidos, proteger nuestra atención y nuestros valores, e integrarse con el mundo que habitamos. El yoga es un camino de realización, es decir, un camino de libertad. Una libertad que, aunque tal vez nunca sea total y absoluta, puede crecer y desarrollarse: cambiar su amplitud, y modelar sus relaciones. Y, entre las muchas formas de abordar el camino de realización personal, el yoga siempre ha incluido el conocimiento: para los que tienen una mente racional e inquisitiva, el hinduismo proponía el Jñāna yoga, el yoga de la exploración, del saber, de la reflexión y de la lógica. Hace dos mil años, el Jñāna yoga tenía una vertiente decididamente espiritual, pero hoy en día podemos emplear el mismo foco usando la luz de la ciencia. Y este sendero del conocimiento sigue teniendo el mismo fin de liberarnos de los tres amos del ego: los instintos programados por la selección natural, las heridas del subconsciente, y las expectativas sociales. Una amistosa combinación entre nuestro sistema conceptual y nuestro sistema intuitivo podría ser la fórmula necesaria para llegar a disfrutar de este «potencial humano», tan alabado, y al mismo tiempo tan poco aprovechado a lo largo de la historia natural de nuestra especie.
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