Los organismos transforman el mundo que habitan. Un castor derriba árboles, construye una presa y, sin saberlo, crea un humedal entero, con peces, insectos acuáticos o aves que antes no tenían dónde anidar. La biología evolutiva llama a esto “construcción de nicho”: los organismos no solo se adaptan al entorno, también lo remodelan, para bien o para mal, alterando las condiciones que enfrentarán sus descendientes y otras especies.
Los humanos llevamos este proceso a otra escala. Y lo hacemos con algo que ninguna otra especie ha desarrollado: la capacidad de crear ficciones colectivas que funcionan como una realidad. Una realidad creada, y en la que creemos.
Creer, aquí, no es simplemente asignar verdad o falsedad a una proposición. La creencia ensambla cognición y emoción, vincula un pasado compartido con un futuro posible y da al grupo un sentido existencial sin el cual el individuo se desorienta, como una hormiga sin señales químicas. Es el pegamento que sostiene instituciones, normas, crédito y rituales de apareamiento. Y es, sobre todo, nuestro modo de construir nicho; pues no solo modificamos ríos con diques o pantanos, o erigimos ciudades en múltiples ecosistemas; también creamos realidades simbólicas compartidas que reorganizan la experiencia colectiva y coordinan la acción de millones de individuos. Lo cultural es biológico.
Agustín Fuentes lleva décadas trabajando en esta perspectiva. Primatólogo y antropólogo en la Universidad de Princeton, Fuentes investiga el lugar exacto donde lo biológico y lo cultural se entretejen en la evolución humana. En esta conversación, exploramos juntos qué significa creer, cómo esa capacidad nos ha hecho lo que somos y qué nos exige en un momento de transformaciones tecnológicas sin precedentes.
Gustavo G. Diez. Agustín, arranco con la pregunta que da título a tu libro: ¿por qué necesitamos creer?
Agustín Fuentes. Hablamos mucho de "naturaleza humana" en términos de agresión, racismo o género, pero se nos olvida que la creencia es una base de lo humano. No debería quedarse solo en manos de filósofos o teólogos. En lo cotidiano, nuestra imaginación y creatividad están siempre activas en relación con otras personas; inventamos posibilidades y las convertimos en algo compartido.
Ser humano es poder creer en cosas que todavía no existen. Imaginar una idea, un mundo posible, y luego hacerlo real con acciones, objetos, cultura. Creer no es simplemente pensar que algo es verdad. Es comprometerse con una realidad hasta que empieza a organizar tu vida. Kierkegaard lo comparaba con estar completamente enamorado de un concepto. Yo diría que es algo tan material y tan central como los dedos de la mano: una parte del organismo humano que expande drásticamente nuestras opciones para interactuar con el mundo.
Gustavo. O sea, que el ser humano no solo se relaciona con el entorno sino que, en cierta medida, lo crea.
Agustín. Exacto. Mira, estamos aquí, a miles de kilómetros, en un programa virtual, hablando de ideas. Eso ya es producto de creer e imaginar. Solemos pensar que creer es algo enorme, propio de la religión o de la filosofía. Pero la creencia forma parte de nuestra vida cotidiana. Cada día usamos esa capacidad para movernos en el mundo; creemos en lo que interpretamos de un gesto, en lo que suponemos que el otro piensa, en lo que imaginamos que puede pasar. Incluso cuando estamos solos seguimos creyendo: construimos escenarios, dialogamos mentalmente, damos sentido a lo que vivimos.
Gustavo. Hay algo en tu obra que me interesa: la no dualidad entre biología y creencia. La idea de que creer no es solo un acto mental, sino que cambia nuestros cuerpos.
Agustín. Los humanos no somos solo biología ni solo cultura: somos una mezcla constante de las dos. Vivimos en un entrelazado de cuerpo, entorno, ideas y costumbres.
Piensa en algo tan simple como el saludo. En España saludas con dos besos o un abrazo. En Estados Unidos, si haces eso según con quién, puede incomodar o parecer agresivo. Los hábitos culturales se viven en el cuerpo. Y también pasa al revés, lo que comes desde pequeño educa tu paladar y tu forma de percibir lo "normal". Cuando pruebas algo nuevo, no es solo un sabor distinto: cambia cómo piensas sobre lo desconocido.
El cerebro humano nace radicalmente incompleto, con apenas un 40% de su tamaño adulto. Crece y se cablea dentro del mundo. Las experiencias culturales se integran en la piel, los músculos, las fibras nerviosas, las neuronas. Con el género, la raza o la edad sucede lo mismo. Tenemos ideas sobre cómo "debería" comportarse la gente, y esas ideas acaban afectando cómo usamos el cuerpo. Las normas de género sobre ejercicio físico afectan la masa muscular. Las expectativas de género pueden afectar cómo el cerebro responde a ciertos estímulos. No puedes separar "sexo" de "género", ni "cultura" de "biología". Son creencias incorporadas: creencias que generan cuerpo.
Gustavo. En tus libros también aparece una idea que creo que es fundamental para entender de dónde viene todo esto: que la creatividad humana no empieza con nosotros, sino mucho antes. ¿Cuándo aparece esa chispa?
Agustín. Antes de entender lo humano hay que entender lo primate. Las redes sociales, las físicas, no las digitales, son el principal recurso adaptativo de los primates. Alianzas, rituales, señales… La agresión es rara; lo que predomina es la negociación.
En Bali, los macacos que viven cómodos y bien alimentados dedican horas a jugar con piedras: las apilan, las envuelven en hojas, las hacen rodar… sin ningún propósito práctico. Esa conducta es el germen de la curiosidad sin función inmediata, que es la base de toda creatividad. Es lo que algunos llaman liberación ecológica: cuando las necesidades básicas están cubiertas, surge el ocio, y con él, la innovación.
En nuestro linaje, el salto crucial fue imaginar una forma dentro de la piedra y producirla. Eso no es solo técnica, es abstracción. Aunque no tenían lenguaje, nuestros antepasados transmitían ese conocimiento por observación e imitación; el primer aprendizaje técnico. Y hacer herramientas de piedra ayudó a desarrollar el pensamiento abstracto y la comunicación. El Homo emerge como una apuesta evolutiva por resolver problemas mediante colaboración y tecnología, no solo con el cuerpo. Y desde ahí, cooperar se convierte en la ventaja evolutiva decisiva.
Gustavo. Dices que la cooperación es central. Pero cuando hablas de cooperación en nuestros antepasados, ¿a qué te refieres exactamente? ¿Cómo se organizaban?
Agustín. Un dato que a mucha gente le sorprende: la familia nuclear no es nuestra configuración evolutiva original. Nuestro sistema básico no era la pareja aislada con sus crías, sino el grupo cooperativo. Lo que nos hizo humanos fue el cuidado cooperativo; lo que en biología se llama alocuidado. Madres, padres, abuelas, jóvenes del grupo, todos participaban en la crianza.
Hay otro dato que desmonta un mito muy arraigado: los machos humanos están fisiológicamente preparados para cuidar. A diferencia de muchos mamíferos, las hormonas de los hombres cambian en presencia de bebés, preparándolos para el cuidado. La "inversión" masculina no se limita al esperma. Yo suelo decir que la niñera es un rol evolutivo más antiguo que el cazador. Primero fuimos carroñeros y recolectores, primero cuidamos, y la caza organizada vino mucho después.
Y el registro fósil muestra algo que a mí me parece extraordinario: individuos sin dientes que vivieron años. Alguien los alimentaba. Niños con malformaciones que sobrevivieron mucho tiempo. Alguien los cuidó. La compasión no es un invento moderno. Está en los huesos de nuestros antepasados.
Gustavo. Esa misma capacidad de creer y cooperar, ¿puede también volverse contra nosotros?
Agustín. Sí, claro. Basta con mirar lo que está pasando ahora mismo. Cuando hablo de creencias vinculadas a la colaboración, mucha gente dice que soy optimista. Pero hay que aclarar algo. La colaboración no siempre genera cosas buenas. Las guerras también empiezan con colaboración.
Ahora bien, hay una distinción importante. La idea popular — Hobbes, Pinker, Wrangham — de que la violencia y la guerra son parte inevitable de la naturaleza humana no se sostiene bien. La evidencia apunta a que la guerra es una invención relativamente reciente, ligada a la vida sedentaria, la propiedad, la desigualdad y la organización compleja de las sociedades. Durante la mayor parte de nuestra historia, la violencia fue esporádica. La guerra aparece al final del Paleolítico, cuando confluyen tres cambios: sedentarización y agricultura, propiedad y territorio, desigualdad social y jerarquías. La guerra no nació del instinto, sino de la civilización.
Y la creencia tiene una cara oscura que no se puede ignorar. El amor y la compasión por el grupo interno pueden alimentar el odio por el grupo externo. Esa es la misma herramienta en acción. Nuestra capacidad de imaginar, de crear tecnologías y sistemas económicos, es la que está en la base de la crisis climática actual. No es buena ni mala en sí misma. Es algo que hacemos. El impacto depende del contexto y del uso.
Gustavo. En tu libro cuentas una anécdota en Bali que ilustra muy bien cómo las creencias pueden transformar un ecosistema de forma directa.
Agustín. Estaba investigando monos en Bali cuando alguien de la administración de los templos me compartió una preocupación. El bosque se estaba degradando. Durante generaciones, las ofrendas se llevaban en hojas de plátano que luego se tiraban al suelo y se reintegraban al ecosistema. Pero las hojas fueron sustituidas por plástico, y el gesto siguió siendo el mismo.
Con mi equipo comprobamos que el suelo estaba cubierto por una capa de plástico que impedía su regeneración. Mi reacción, muy "americana", fue pensar: hay que hacer una ley. Pero él me dijo algo que cambió mi forma de ver el problema. Una ley no funcionaría, porque una ley viene de fuera e intenta imponer un comportamiento.
Lo que hicieron fue construir una narrativa, con historias, dioses, danzas, prácticas cotidianas, que integraba el cuidado del bosque como parte de la vida de la comunidad, no como una norma externa. En pocos años, el bosque empezó a recuperarse, porque cambió la manera de entender y vivir la relación con el entorno.
Muchos gobiernos, cuando quieren cambiar las cosas, empiezan con leyes en vez de empezar por construir pensamiento, comunidades o culturas. Y creo que eso es lo más importante hoy, cuando hay tantas dificultades políticas y económicas.
Gustavo. ¿Crees que estamos en una guerra cultural?
Agustín. Creo que hablar de guerra cultural es un error. Es un término importado del inglés que simplifica y exagera el conflicto. Estamos ante distintas perspectivas, experiencias y creencias sobre cómo deben ser las cosas.
Cuando lo llamamos guerra, lo que hacemos es aumentar el conflicto y crear la idea de un enemigo. En realidad se trata de personas intentando gestionar sus relaciones en contextos de cambio como el género, la identidad, las tradiciones y otras formas de vida. Empezar desde la idea de comunidad es mucho más útil que hacerlo desde la lógica del conflicto.
Gustavo. Con la explosión de Internet y las redes, estamos expuestos a muchísimas creencias al mismo tiempo. ¿Cómo nos afecta eso?
Agustín. Yo no diría que estamos expuestos a muchas creencias, sino a muchas posiciones filtradas. Vivimos desde hace menos de veinte años con smartphones; durante siglos vivimos sin ellos. A veces olvidamos que tenemos la capacidad de relacionarnos, imaginar y recordar sin un dispositivo.
Aunque hay más información disponible, lo que nos llega está altamente filtrado por algoritmos. Recibimos sino versiones muy reducidas de la realidad que refuerzan lo que ya pensamos. El problema no es la cantidad de información, sino la falta de trabajo activo para buscarla. Si no hacemos ese esfuerzo, lo que recibimos son muy pocas creencias, cuidadosamente seleccionadas.
Gustavo. ¿Cómo crees que la tecnología está afectando a nuestra creatividad y a nuestra forma de relacionarnos?
Agustín. Lo primero es reconocer que somos organismos bioculturales. Eso significa que la tecnología que utilizamos todos los días, como el móvil, internet, o las redes sociales, cambian nuestro comportamiento, y también nuestro contexto neurobiológico. Modifica nuestros entornos visuales y sonoros, la manera en que interactuamos, cómo leemos expresiones faciales. Cuando miramos un rostro en una pantalla, como ahora, no percibimos todos los microgestos, todos los cambios sutiles. La experiencia es distinta. Y eso, inevitablemente, tendrá algún impacto fisiológico.
Me preocupa que estemos reduciendo nuestro nivel de empatía y nuestra capacidad de conexión emocional profunda. Tanto en Estados Unidos como en España, muchos jóvenes muestran más dificultades en las relaciones, en la escuela, en el manejo emocional. Pero no se debe solo a la tecnología; también al contexto político, económico y ecológico. Culpar solo a los móviles es simplista. La tecnología no existe fuera de nuestro contexto vital, nuestra historia y nuestra cultura.
A lo largo de la evolución, las herramientas que utilizamos no solo nos han servido para adaptarnos, sino que también han influido en nuestro propio desarrollo biológico. El uso de herramientas de piedra contribuyó al crecimiento y reorganización de nuestro cerebro. La tecnología actual está haciendo lo mismo, solo que aún no comprendemos del todo en qué dirección.
Gustavo. Hay quienes argumentan que las empresas tecnológicas tienen hoy más poder que muchos gobiernos. Desde tu perspectiva, ¿cómo deberíamos diseñar la tecnología para que esté más en conexión con lo que somos?
Agustín. Las grandes empresas tecnológicas deberían tener más antropólogos. Los ingenieros diseñan algoritmos constantemente, pero muchas veces lo hacen sin integrar una comprensión profunda de las relaciones humanas, de la historia, de los contextos políticos o de las desigualdades sociales. Cuando construyes algoritmos sin tener en cuenta esos factores, los problemas de la sociedad se reproducen dentro de la tecnología. Lo hemos visto claramente: algoritmos que terminan siendo racistas o sexistas, no porque alguien quiera que lo sean, sino porque reflejan los sesgos de quienes los diseñan.
La tecnología podría diseñarse para potenciar la colaboración y la compasión. Pero muchos algoritmos actuales favorecen lo contrario: si quieres visibilidad, tienes que gritar, polarizar o insultar. Eso es lo que el algoritmo amplifica. Podríamos hacerlo al revés, diseñar sistemas que premien la cooperación y el diálogo. Pero no se está haciendo.
No se trata de estar en contra de la tecnología. Se trata de reconocer que los seres humanos no somos máquinas. Nuestras mentes no son computadoras. Nuestra cognición está atravesada por emociones, imaginación, historia personal, contexto cultural y experiencias corporales. Pensamos de manera relacional, no algorítmica. Si olvidamos esa diferencia al diseñar tecnología, terminaremos creando entornos que chocan con nuestra naturaleza en lugar de apoyarla.
Gustavo. En un momento histórico que incluso nos cuesta describir con claridad, ¿qué orientaciones propondrías para navegar esto sin perder lo que nos hace humanos?
Agustín. Estamos viviendo lo que se denomina una policrisis. No solo ambiental o política, económica o social, sino todas al mismo tiempo. Lo primero es recordar la no dualidad, es decir, que no existe una separación real entre mente, cuerpo, cultura y naturaleza. Somos parte del mundo, no algo separado de él.
Los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria de cooperar, como ningún otro animal. También tenemos una enorme capacidad de compasión, visible tanto en nuestra fisiología como en nuestro comportamiento y nuestras culturas. Ayudamos no solo a familiares, sino también a personas que apenas conocemos. Esa capacidad de cuidar y sostener al otro es profundamente humana, y no es un descubrimiento nuevo, está grabada en el registro fósil desde hace cientos de miles de años.
Necesitamos reenfocar nuestros esfuerzos en la reconstrucción de comunidad. Estamos perdiendo algo muy básico: la experiencia cotidiana de salir a la calle y reconocer a los vecinos, compartir un espacio común, tener una sensación de pertenencia que es fundamental para nuestra biología y nuestra psicología. En muchas ciudades, esa sensación está siendo sustituida por miedo, desinformación y desconfianza.
En un momento de policrisis, la respuesta no puede ser solo técnica o tecnológica. Tiene que ser profundamente relacional. Lo que necesitamos no es muy distinto de lo que ya sabemos hacer, de lo que llevamos haciendo dos millones de años: creer juntos en algo y organizarnos para hacerlo real. La pregunta es si seremos capaces de elegir bien en qué creemos.
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