Mar 11 / Gustavo Diez

No tengo tiempo

Alguien mira el reloj y pisa el acelerador porque son las siete y cuarenta, y llega tarde y lo sabe con una certeza física, como si la tardanza fuera una tensión sorda, y es que sus hijos empiezan a las siete y cuarenta y cinco, pero el coche avanza por calles con inoportuna lentitud, y las calles parecen más estrechas en este contrarreloj; y para empeorar la situación, el semáforo se pone en rojo, como si lo hubiera decidido personalmente para contrariarlo, y sus ojos cambian de foco con esa prisa automática, y ya está pensando en las reuniones de la mañana, en las voces con rítmica apagada, en la cuadrícula de ventanitas, en las cámaras apagadas que funcionan como persianas interiores de cuartos desordenados que no se exponen a la luz del día, y al mismo tiempo ve algunos cuerpos que cruzan deprisa el paso de cebra, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, sin levantar la vista, como si persiguieran algo que no puede ser atrapado, y vuelve a mirar el reloj y son las siete y cuarenta y uno, y piensa que, tal vez, pueda aprovechar la primera reunión para responder algunos correos y escribir respuestas de forma eficiente con esa IA de la que está enamorado, y gira el cuello de pronto, y ve en la parada del autobús los rostros iluminados por la luz fría del teléfono, como pequeños mundos privados sostenidos entre las manos, donde depositan, antes incluso de hablar con nadie, su primer tiempo del día, como quien deja una ofrenda silenciosa a una máquina que siempre devuelve una sonrisa.

Suena música; es la misma pieza que puso un miércoles de marzo del año pasado, y se pregunta por qué ahora le resulta plana, como una comida sin sabor, como un discurso político que no dice nada, como un texto hecho con algoritmos, que no conmueve; que “parece” pero no “es”; que “estimula” pero no “transforma”, y se pregunta por qué la música ya no ordena el mundo, y por qué las personas que caminan no parecen ir al ritmo del bajo, o de la batería, y por qué su cuerpo ya no es invadido por esa sustancia rítmica que lo revivía aquella primera vez. Aquella primera vez pudo olvidar “su agenda”. Pero ahora había perdido el ritmo, y con él, había perdido parte del mundo.

¿Por qué no puede entrar en resonancia con la música, o con la conversación que está intentando comenzar su hijo sentado a su lado? ¿Por qué nadie, a las siete y cuarenta y dos, parece ir al ritmo sosegado de la primera luz del día? ¿Qué pasa con esa falta de resonancia generalizada, en otros conductores, en otras personas que caminan, o que esperan en la parada? 

A veces es falta de combustible. La energía no alcanza a sostener una métrica rápida. La música va por delante y el cuerpo cansado, por detrás, y eso desencadena una fatiga por reacción, en la que la certeza de no poder llevar el ritmo, genera una “frustración de tempo”, que ralentiza todavía más el movimiento. Todo va deprisa, y como dice Harmut Rosa: todo se acelera. Las ciudades, como si fueran cintas de correr desbocadas, aumentan cada año su velocidad. Cada vez cambiamos antes de trabajo, o de pareja, o de casa, y dura menos la vida útil de las cosas, y de nosotros dentro de las cosas. Duran menos los teléfonos, las plataformas, los lenguajes, las modas, los ciclos de noticias, incluso los mitos con los que explicamos el mundo. La tecnología promete ahorrar tiempo, pero ese tiempo ahorrado se rellena enseguida con más tareas, más mensajes, más reuniones, más optimización, como si la maquinaria no tuviera freno y su naturaleza misma fuera la eterna aceleración, el eterno progreso; todo tiende a ir más rápido, producimos más rápido, consumimos más rápido, contestamos más rápido, y, sin embargo, la sensación es que siempre vamos tarde. Las empresas y los países sobreviven expandiéndose y la moneda devaluándose; como el mismísimo tiempo, que también parece perder su valor, y da la impresión de que antes, con el mismo tiempo, podíamos acoplarnos mejor a los ritmos de la vida. Y quizá sea por eso que hay un reguero de víctimas. Un quinto de la población está fatigada; no puede adaptarse al ritmo. Como si fueran esos corredores que se quedan detrás en un maratón; con la sensación de no llegar al ritmo del pelotón; y a la vez, con la amenaza de los corredores escoba, que van por detrás, y tocan el hombro de los fatigados, y les dicen: “lo siento, pero tienes que retirarte de la carrera”. Y como tenemos cuerpos sociales, cuando no podemos entrar en la dinámica grupal, nos sentimos rechazados, aislados, sentados en un banco, viendo como los otros siguen con aparente naturalidad un juego al que no podemos llegar. Un maratón, al menos, tiene una línea de llegada. Pero nadie sabe dónde termina esta carrera, ni si termina, ni para qué se corre. ¿Acaso hay una meta a la que nos estemos dirigiendo socialmente? Ante esa pregunta puede surgir la nostalgia de un tiempo vivido de otra forma, como el de los Pirahã del Amazonas, cuyo lenguaje para contar se resume en “uno, dos y muchos” y que, según se cuenta, no parecen tener una noción clara de su edad. Ese modo de medir gobierna también su tiempo; por eso no almacenan comida y no planifican más de un día, aunque sean extraordinariamente hábiles sobreviviendo en la selva. 

Pero otras veces es rigidez. Porque los que no sucumben al cansancio siguen corriendo por delante, y cuando miran atrás y ven la escena de los fatigados, aceleran más, no porque vayan hacia una meta concreta, sino porque tienen miedo a quedarse rezagados y quedar fuera del juego. Descansar es peligroso. No pueden hacer otra cosa que seguir corriendo. Y en esa aceleración constante no pueden entrar en resonancia con ritmos lentos. Es una rigidez que nace de la inercia, del cauce rítmico de una forma de vivir que termina colonizando el movimiento y el pensamiento, los ciclos circadianos y vitales, porque el cerebro no solo responde a estímulos. Se organiza sobre ritmos de fondo, sobre tiempos internos que se acoplan a los tiempos del mundo. Cuando percibimos un ritmo externo, como el de la música, o el paso de alguien que camina a nuestro lado; el cerebro, la respiración y el movimiento empiezan a reorganizarse a su compás. Pero esto va más allá de una simple coincidencia temporal, de "ir a la vez". La estructura interna del tiempo se moldea para parecerse al ritmo que llega de fuera. No es que nos sincronicemos con el mundo; es que, durante un momento, “nos convertimos en él”.

El cuerpo no observa el tiempo del mundo desde un interior aislado. Lo percibe dejándose transformar por él, ajustando sus propios ritmos a los ritmos que llegan de fuera. Y quizás por esto, a las siete cuarenta y tres, cuando el tiempo de “su agenda” gobierna su cuerpo, él no puede entrar en resonancia con la música, pues su cuerpo, en esa rigidez acelerada, no puede reorganizarse para entrar en el tempo de Gravity, de Jeremy Ledbetter. Y por eso tampoco percibe otras cosas que pasan a su alrededor; por la imposibilidad de salirse del cauce temporal que le impone su calendario. Porque solo puede percibir el mundo siendo parte de él. Y no está en sintonía con el semblante melancólico del hijo que va a su lado, y no le hace la pregunta que podría desencadenar una conexión cercana entre sus cuerpos. No puede su metrónomo interno acoplarse al metrónomo interno del joven. Y el joven permanece resonando con su melancolía, con esa sensación particular y persistente de no encajar en su grupo de amigos, encerrado en una métrica que gobernará su infancia.

A las siete y cuarenta y cuatro, tampoco puede sentir su cuerpo tenso conduciendo el automóvil, un cuerpo que lleva demasiados meses con una disonancia interna. Pues hay una resonancia cuando las partes del cuerpo se coordinan, como cuando, caminando por la montaña, el paso se acopla a la respiración y aparece una fluidez; una euforia que recuerda al movimiento que se ve en los cachorros jugando. Pero su paso va por delante de su respiración. El reloj de sus pulmones no está sincronizado con el ritmo de sus músculos, porque su pensamiento va más rápido, al ritmo frenético de una aceleración que lleva años introyectada en su carne, y sus relojes celulares están trabajando sin descanso para sostener una demanda que no cesa. Y que mañana será mayor. Pero él no siente si su cuerpo está o no en resonancia. A las siete y cuarenta y cinco, suena la campana del inicio de las clases, y él esquiva un semáforo con la esperanza de llegar más rápido para poder vaciar la bandeja de entrada.

Ayer tenía la bandeja de entrada inundada. Pasó la mañana achicando agua, y cuando por fin terminó, sintió alivio. Se tomó un tercer café para celebrar. Pero hoy se encontrará con el agua al cuello otra vez. Sin darse cuenta, “la agenda” dejó de ser un objeto externo y se convirtió en un destino existencial; y el vaciado de bandejas en un bucle temporal, una repetición que recuerda a Sísifo, condenado a empujar una roca cuesta arriba para verla caer otra vez.

Y como a Sísifo, quizás los dioses le hayan castigado con un “consumo eterno”. Ayer se compró un nuevo ordenador que le permitió abrir más ventanas a la vez. Una RAM para trabajar más rápido, porque había observado una pequeña ralentización al minimizar las ventanas. Una lentitud que pasó inadvertida durante años, pero en aquella mañana le pareció insoportable. Un ritmo ralentizado que había sido perceptivamente amplificado por el anuncio que unos días antes le había llegado al correo, ese que procesa todas las mañanas. Se proyectó así mismo en el futuro, con la nueva máquina, más productivo, con más éxito en ese gran maratón social. Pero hoy ya se le ha olvidado. Ya no tiene ese destello de energía al abrir un paquete finamente envuelto y ver la nueva máquina reluciente. ¿Hacia donde enfocará su consumo hoy? ¿Una mejor chaqueta, unos mejores zapatos, una mejor pareja, más información, mas formación, mas podcast de productividad, más desarrollo personal, más prácticas de meditación? Y mientras, los vertederos no pueden con más objetos devaluados por el deseo, él tiene que seguir acelerando el coche, para llegar antes al colegio, para depositar a sus hijos, para tener tres minutos más, para seguir produciendo la misma cantidad de recursos que le permitan sostener su ritmo.

Pero no se da cuenta de su inercia. De que su cuerpo se mueve más allá de su voluntad, a un ritmo que no es producto de su “plan a cinco años”. Y de que hay hilos rítmicos que le marcan el paso como si fueran tambores que ya pasan desapercibidos, que ya son “naturales” para él, que se esconden como fuerzas gravitatorias que manipulan lo que desea, lo que mira y lo que siente, de forma tan eficaz que él piensa que es su ritmo, su elección y su proyecto de vida. 

No se da cuenta de que él comenzó este ritmo frenético un día, mucho tiempo atrás, cuando en el asiento donde ahora va su hijo iba él, siendo un joven, y que en el lugar que ahora él ocupa iba otro señor con traje oscuro dirigiendo la máquina. Y de que la única forma de conectar con aquel señor era habitar su temporalidad, porque no hay otra forma de conectar con otro que no pase por ponerse a su ritmo. En esa resonancia con el hombre de traje oscuro, como si de un espejo rítmico se tratara, vio su propio gesto, entendió su papel en el mundo, su movimiento, y su forma de ser aceptado y querido. Más éxito, más esfuerzo, más aceleración; a cambio de calor y resonancia. Y por eso ahora vivía con frustración la lentitud de sus proyectos, y culpaba a las personas rezagadas que enlentecían las operaciones, y también la propia evolución de sus cachorros, siempre demasiado lentos para comenzar a andar, o demasiado poco hábiles para comenzar a hablar, o aprender a leer; allí en ese juego despreocupado. Y sufría la crítica de su propia voz echando en cara su fatiga, que le impedía ir más deprisa y no haber alcanzado ya, después de cincuenta años, lo que sí habían alcanzado otros. No se dio cuenta de ese otro mundo que perdía allí mismo, a las siete y cuarenta y seis. Lo tenía en frente, pero no podía resonar con otra cosa que no fuera el cauce de su agenda.

Ya va tarde. La angustia le hace pisar el acelerador. No se da cuenta de que el hijo, a su lado, tiene los ojos vidriosos, y de que su gesto y su respiración tienen ese ritmo encogido; tampoco escucha la improvisación con el piano de Ledbetter en el último bloque de la pieza; no le conmueve el sol naciente de marzo que tiñe de tonos rojos las fachadas pálidas de la ciudad; ni tampoco le conmueve una imagen fugaz que pasa entre otros muchos pensamientos: la de su esposa, que por la mañana le abrazó con la intención de buscar un poco de cobijo, pues todavía estaba afectada por la muerte de su hermano; pero no era el momento, porque justo sonaba el tostador, que en un golpe automático lanzaba el pan caliente hacia arriba; y seguir abrazando a su señora suponía un pequeño retraso en el desayuno que desencadenaría un precipitado de acontecimientos que le haría llegar tarde. Y quizás esas resonancias perdidas, como propone Harmut Rosa: la imagen de su mujer, el sol naciente o la conversación con su hijo, que le pasan desapercibidas en esos minutos de vida, son experiencias que le hubiesen conmovido, que le hubieran sacado de ese aislamiento acelerado, que le hubieran permitido sentir que la vida es más que ese cauce en el que ahora vive, que le hubieran hecho sentir que “su cuerpo es la carne del mundo”. Quizás incluso son la cura a su fatiga, porque la resonancia le hubiera traído una nueva vitalidad, hubiera re-encantado su tiempo vivido, le hubiera devuelto a la vida, a las relaciones, a las cosas. Que la cura a su aceleración no era ir más despacio. Era la resonancia con su hijo, ahí, a su lado, con el cuerpo congelado.

Y su hijo, a las siete cuarenta y siete, se revuelve en el asiento. Y no sabe contener su rabia; y explota por fin con un alarido liberador, y le echa en cara que no pueda llevarle el sábado al partido; y es que tiene miedo de los comentarios que sus amigos hacen de él, y es que necesita a ese señor de cincuenta años para sentir alguna seguridad, y es que necesita la seguridad para plantar cara a la situación con sus compañeros, pues se siente torpe, y no quiere estar toda la vida en esa torpeza, donde sus palabras no encajan en la métrica de las conversaciones, o que sus movimientos no se ajustan a la coreografía de sus amigos. Y es que su ritmo de crecimiento es más lento; como el de un elefante, que tiene más infancia que un felino; y hay un desajuste entre su cuerpo y el cuerpo de sus amigos, pero no lo puede entender, pues no tiene la perspectiva suficiente, y por eso necesita al señor que conduce a su lado, quien le mira, y al mirar, lo ve; no como un adolescente asustado, no como un cachorro con necesidad de conexión, ni siquiera como una persona, sino como un obstáculo en sus planes del sábado. Y le responde: lo siento, no tengo tiempo.
Bibliografía comentada
Lo que en un principio iba a ser una reseña de la obra de Hartmut Rosa, se ha convertido en un relato. No frené mi impulso, por aquello de ser fiel a la resonancia de Rosa. Destaco dos de sus obras: Aceleración, en la que expone por qué nuestra época, la modernidad tardía, se caracteriza por una velocidad creciente que lo impregna todo, pues el propio sistema está asentado en el progreso, en la aceleración constante. Y su obra posterior Resonancia, que la plantea como la solución a la aceleración. Podría pensarse que el remedio a la aceleración es la desaceleración, pero él dice: no, es la resonancia. Recomiendo ambas obras. Yo tardé varios meses en cada volumen, y sin duda, mereció la pena.

Descubrí que algo tenemos en común Rosa y yo: la pasión por la obra de Merleau-Ponty. En algún fragmento de este artículo hay ideas de las obras de Merleau-Ponty, sobre todo al señalar que nuestra carne es la carne del mundo. Que, a veces, esa separación entre interior y exterior no nos permite entender el baile entre cuerpo y entorno, que es el que constituye la realidad. No un objeto —el cuerpo—, ni otro —el ambiente—, sino la relación entre ambos. Ese concepto de chair (carne, quiasmo) se desarrolla en Lo visible y lo invisible, obra póstuma de Merleau-Ponty, y aparece también, de forma más concentrada y estética, en El ojo y el espíritu.

Creo que la noción de "resonancia" de Rosa es explícitamente deudora de la fenomenología de Merleau-Ponty. Ambos describen una relación con el mundo que no es instrumental ni de dominio, sino de respuesta mutua — lo que Merleau-Ponty llamaría "quiasmo" y Rosa llama "eje de resonancia". 

Recomiendo también escuchar Gravity de Ledbetter Trio. Merece la pena emplear los siete minutos y veinte segundos y verlos tocar en directo. En la pieza se ve la mezcla entre los ritmos rápidos y los ritmos lentos. Da cuenta de una flexibilidad rítmica que expresa muy bien la idea de Rosa en Resonancia. Que el remedio de la aceleración, no es la desaceleración, es la resonancia. En medio de la pieza, hay un momento crucial en el que la batería tiene un ritmo casi cardiaco. Aparece una melodía de bajo, que me hizo recordar esos momentos de resonancia, en medio de la batalla de todos los días. En los que uno puede salirse de la inercia, y puede parar, y escuchar el cuerpo, y después de un tiempo de introspección, surgir renovado, con más claridad; y desde ahí, se puede afrontar la velocidad con una nueva vitalidad. 

Debo mucho a C.A., quien siempre me recomienda lecturas de esas que, una vez terminadas, lo dejan a uno con la sospecha de haber andado años enteros a tientas diciendo gilipolleces. Gracias a C.A. utilizo el concepto de "cerebro enmundado" y descubrí a Georg Northoff, cuya obra me ha cambiado la forma de pensar sobre el tiempo. Northoff propone, en su Teoría Temporo-Espacial de la Conciencia, algo que parece sencillo y resulta vertiginoso; que las dinámicas temporales y espaciales del cerebro no son el escenario donde ocurre la experiencia, sino la experiencia misma. En su Temporo-spatial Theory of Consciousness (TTC) propone que las dinámicas temporales y espaciales del cerebro son la "moneda común" (common currency) entre la actividad neuronal y la experiencia fenoménica. El tiempo, para él, no es simplemente un contenido de la conciencia, sino su estructura misma. El tiempo es un puente ontológico entre la experiencia vivida y la materia. Northoff llama a esto una "revolución copernicana" en neurociencia. Como Copérnico mostró que la Tierra no es el centro del universo, Northoff muestra que el cerebro no es el creador del tiempo, sino parte de la dinámica temporal del mundo.

Creo que esa idea, muy en línea con Merleau-Ponty, aporta un camino único en la investigación en neurociencia. En este relato que he escrito aparecen sus ideas una y otra vez, por ejemplo en cómo los “ritmos sociales”, esa aceleración de Rosa, se acoplan a la actividad neural y, de alguna manera, a nuestra experiencia vivida, que sin duda tiene como base esa temporalidad. Lo que Northoff llama temporo-spatial alignment, que explica cómo la dinámica intrínseca del cerebro se sintoniza y adapta al marco temporal del mundo externo, resuena directamente con lo que observamos cuando un ritmo externo genera un acoplamiento en los ritmos cerebrales y respiratorios. 

También me ha influído la obra de Buonomano. Recomiendo su libro Your Brain Is a Time Machine en el que se trata el tiempo desde la perspectiva neurocientífica y desde la física. No quiero extenderme, pues esto es una "bibliografía comentada", pero el tiempo en física ya no se entiende como una sustancia absoluta, que fluye uniformemente por sí mismo y por su propia naturaleza, sin relación con nada externo, tal y como era la visión de Newton. Más bien, surge de la interacción de la materia. Como una manifestación de la entropía, pues la segunda ley de la termodinámica es la única ecuación fundamental que distingue pasado de futuro. En la física moderna, el tiempo se trata también como un fenómeno emergente del entrelazamiento cuántico, según el mecanismo descrito por Page y Wootters y que sugiere que un observador externo al universo vería un universo estático (sin tiempo), mientras que un observador interno percibe evolución temporal. Carlo Rovelli, que lo descubrí hace años gracias a mi amigo E.O., desarrolla su teoría dentro de la gravedad cuántica y lleva esta idea más lejos con la Thermal Time Hypothesis. El tiempo emerge como efecto estadístico de nuestro conocimiento incompleto del universo, de modo análogo a cómo la temperatura emerge del movimiento colectivo de partículas. Recomiendo su libro, físico-poético, El orden del tiempo.

El tiempo no es “algo creado por el cerebro”, tampoco es algo que el cerebro perciba, como lo hace con la luz o las ondas sonoras. El tiempo vivido surge de una relación. En la relación del cuerpo con el mundo, y en la relación de todas las partes del cuerpo, entre sí. Como señala Buonomano con sus population clocks, el cerebro codifica el tiempo en los patrones de actividad de poblaciones de neuronas distribuidas. No hay un reloj central. No hay una sola zona, o una sola red en el cerebro que codifique el tiempo; más bien, el tiempo surge de la relación entre las partes y de la relación de las partes con el mundo. Y esos patrones, como muestra la neurociencia contemporánea, dependen críticamente de señales interoceptivas. El tiempo no está ahí fuera esperando a ser detectado; tampoco es una fabricación solipsista. Emerge, tanto en la física como en el cerebro, en el encuentro.

Escrito por Gustavo Diez

 Fundador y director de Nirakara 
Físico Teórico (UAM). Máster en Neurociencia (UAB). Máster en Inteligencia Artificial (UPM). TDI en el Centro de Mindfulness de la Universidad de Massachusetts. Investigador y profesor de Intervenciones basadas en Mindfulness y estilo de vida.

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