Alguien mira el reloj y pisa el acelerador porque son las siete y cuarenta, y llega tarde y lo sabe con una certeza física, como si la tardanza fuera una tensión sorda, y es que sus hijos empiezan a las siete y cuarenta y cinco, pero el coche avanza por calles con inoportuna lentitud, y las calles parecen más estrechas en este contrarreloj; y para empeorar la situación, el semáforo se pone en rojo, como si lo hubiera decidido personalmente para contrariarlo, y sus ojos cambian de foco con esa prisa automática, y ya está pensando en las reuniones de la mañana, en las voces con rítmica apagada, en la cuadrícula de ventanitas, en las cámaras apagadas que funcionan como persianas interiores de cuartos desordenados que no se exponen a la luz del día, y al mismo tiempo ve algunos cuerpos que cruzan deprisa el paso de cebra, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, sin levantar la vista, como si persiguieran algo que no puede ser atrapado, y vuelve a mirar el reloj y son las siete y cuarenta y uno, y piensa que, tal vez, pueda aprovechar la primera reunión para responder algunos correos y escribir respuestas de forma eficiente con esa IA de la que está enamorado, y gira el cuello de pronto, y ve en la parada del autobús los rostros iluminados por la luz fría del teléfono, como pequeños mundos privados sostenidos entre las manos, donde depositan, antes incluso de hablar con nadie, su primer tiempo del día, como quien deja una ofrenda silenciosa a una máquina que siempre devuelve una sonrisa.
Suena música; es la misma pieza que puso un miércoles de marzo del año pasado, y se pregunta por qué ahora le resulta plana, como una comida sin sabor, como un discurso político que no dice nada, como un texto hecho con algoritmos, que no conmueve; que “parece” pero no “es”; que “estimula” pero no “transforma”, y se pregunta por qué la música ya no ordena el mundo, y por qué las personas que caminan no parecen ir al ritmo del bajo, o de la batería, y por qué su cuerpo ya no es invadido por esa sustancia rítmica que lo revivía aquella primera vez. Aquella primera vez pudo olvidar “su agenda”. Pero ahora había perdido el ritmo, y con él, había perdido parte del mundo.
¿Por qué no puede entrar en resonancia con la música, o con la conversación que está intentando comenzar su hijo sentado a su lado? ¿Por qué nadie, a las siete y cuarenta y dos, parece ir al ritmo sosegado de la primera luz del día? ¿Qué pasa con esa falta de resonancia generalizada, en otros conductores, en otras personas que caminan, o que esperan en la parada?
A veces es falta de combustible. La energía no alcanza a sostener una métrica rápida. La música va por delante y el cuerpo cansado, por detrás, y eso desencadena una fatiga por reacción, en la que la certeza de no poder llevar el ritmo, genera una “frustración de tempo”, que ralentiza todavía más el movimiento. Todo va deprisa, y como dice Harmut Rosa: todo se acelera. Las ciudades, como si fueran cintas de correr desbocadas, aumentan cada año su velocidad. Cada vez cambiamos antes de trabajo, o de pareja, o de casa, y dura menos la vida útil de las cosas, y de nosotros dentro de las cosas. Duran menos los teléfonos, las plataformas, los lenguajes, las modas, los ciclos de noticias, incluso los mitos con los que explicamos el mundo. La tecnología promete ahorrar tiempo, pero ese tiempo ahorrado se rellena enseguida con más tareas, más mensajes, más reuniones, más optimización, como si la maquinaria no tuviera freno y su naturaleza misma fuera la eterna aceleración, el eterno progreso; todo tiende a ir más rápido, producimos más rápido, consumimos más rápido, contestamos más rápido, y, sin embargo, la sensación es que siempre vamos tarde. Las empresas y los países sobreviven expandiéndose y la moneda devaluándose; como el mismísimo tiempo, que también parece perder su valor, y da la impresión de que antes, con el mismo tiempo, podíamos acoplarnos mejor a los ritmos de la vida. Y quizá sea por eso que hay un reguero de víctimas. Un quinto de la población está fatigada; no puede adaptarse al ritmo. Como si fueran esos corredores que se quedan detrás en un maratón; con la sensación de no llegar al ritmo del pelotón; y a la vez, con la amenaza de los corredores escoba, que van por detrás, y tocan el hombro de los fatigados, y les dicen: “lo siento, pero tienes que retirarte de la carrera”. Y como tenemos cuerpos sociales, cuando no podemos entrar en la dinámica grupal, nos sentimos rechazados, aislados, sentados en un banco, viendo como los otros siguen con aparente naturalidad un juego al que no podemos llegar. Un maratón, al menos, tiene una línea de llegada. Pero nadie sabe dónde termina esta carrera, ni si termina, ni para qué se corre. ¿Acaso hay una meta a la que nos estemos dirigiendo socialmente? Ante esa pregunta puede surgir la nostalgia de un tiempo vivido de otra forma, como el de los Pirahã del Amazonas, cuyo lenguaje para contar se resume en “uno, dos y muchos” y que, según se cuenta, no parecen tener una noción clara de su edad. Ese modo de medir gobierna también su tiempo; por eso no almacenan comida y no planifican más de un día, aunque sean extraordinariamente hábiles sobreviviendo en la selva.
Suena música; es la misma pieza que puso un miércoles de marzo del año pasado, y se pregunta por qué ahora le resulta plana, como una comida sin sabor, como un discurso político que no dice nada, como un texto hecho con algoritmos, que no conmueve; que “parece” pero no “es”; que “estimula” pero no “transforma”, y se pregunta por qué la música ya no ordena el mundo, y por qué las personas que caminan no parecen ir al ritmo del bajo, o de la batería, y por qué su cuerpo ya no es invadido por esa sustancia rítmica que lo revivía aquella primera vez. Aquella primera vez pudo olvidar “su agenda”. Pero ahora había perdido el ritmo, y con él, había perdido parte del mundo.
¿Por qué no puede entrar en resonancia con la música, o con la conversación que está intentando comenzar su hijo sentado a su lado? ¿Por qué nadie, a las siete y cuarenta y dos, parece ir al ritmo sosegado de la primera luz del día? ¿Qué pasa con esa falta de resonancia generalizada, en otros conductores, en otras personas que caminan, o que esperan en la parada?
A veces es falta de combustible. La energía no alcanza a sostener una métrica rápida. La música va por delante y el cuerpo cansado, por detrás, y eso desencadena una fatiga por reacción, en la que la certeza de no poder llevar el ritmo, genera una “frustración de tempo”, que ralentiza todavía más el movimiento. Todo va deprisa, y como dice Harmut Rosa: todo se acelera. Las ciudades, como si fueran cintas de correr desbocadas, aumentan cada año su velocidad. Cada vez cambiamos antes de trabajo, o de pareja, o de casa, y dura menos la vida útil de las cosas, y de nosotros dentro de las cosas. Duran menos los teléfonos, las plataformas, los lenguajes, las modas, los ciclos de noticias, incluso los mitos con los que explicamos el mundo. La tecnología promete ahorrar tiempo, pero ese tiempo ahorrado se rellena enseguida con más tareas, más mensajes, más reuniones, más optimización, como si la maquinaria no tuviera freno y su naturaleza misma fuera la eterna aceleración, el eterno progreso; todo tiende a ir más rápido, producimos más rápido, consumimos más rápido, contestamos más rápido, y, sin embargo, la sensación es que siempre vamos tarde. Las empresas y los países sobreviven expandiéndose y la moneda devaluándose; como el mismísimo tiempo, que también parece perder su valor, y da la impresión de que antes, con el mismo tiempo, podíamos acoplarnos mejor a los ritmos de la vida. Y quizá sea por eso que hay un reguero de víctimas. Un quinto de la población está fatigada; no puede adaptarse al ritmo. Como si fueran esos corredores que se quedan detrás en un maratón; con la sensación de no llegar al ritmo del pelotón; y a la vez, con la amenaza de los corredores escoba, que van por detrás, y tocan el hombro de los fatigados, y les dicen: “lo siento, pero tienes que retirarte de la carrera”. Y como tenemos cuerpos sociales, cuando no podemos entrar en la dinámica grupal, nos sentimos rechazados, aislados, sentados en un banco, viendo como los otros siguen con aparente naturalidad un juego al que no podemos llegar. Un maratón, al menos, tiene una línea de llegada. Pero nadie sabe dónde termina esta carrera, ni si termina, ni para qué se corre. ¿Acaso hay una meta a la que nos estemos dirigiendo socialmente? Ante esa pregunta puede surgir la nostalgia de un tiempo vivido de otra forma, como el de los Pirahã del Amazonas, cuyo lenguaje para contar se resume en “uno, dos y muchos” y que, según se cuenta, no parecen tener una noción clara de su edad. Ese modo de medir gobierna también su tiempo; por eso no almacenan comida y no planifican más de un día, aunque sean extraordinariamente hábiles sobreviviendo en la selva.
Pero otras veces es rigidez. Porque los que no sucumben al cansancio siguen corriendo por delante, y cuando miran atrás y ven la escena de los fatigados, aceleran más, no porque vayan hacia una meta concreta, sino porque tienen miedo a quedarse rezagados y quedar fuera del juego. Descansar es peligroso. No pueden hacer otra cosa que seguir corriendo. Y en esa aceleración constante no pueden entrar en resonancia con ritmos lentos. Es una rigidez que nace de la inercia, del cauce rítmico de una forma de vivir que termina colonizando el movimiento y el pensamiento, los ciclos circadianos y vitales, porque el cerebro no solo responde a estímulos. Se organiza sobre ritmos de fondo, sobre tiempos internos que se acoplan a los tiempos del mundo. Cuando percibimos un ritmo externo, como el de la música, o el paso de alguien que camina a nuestro lado; el cerebro, la respiración y el movimiento empiezan a reorganizarse a su compás. Pero esto va más allá de una simple coincidencia temporal, de "ir a la vez". La estructura interna del tiempo se moldea para parecerse al ritmo que llega de fuera. No es que nos sincronicemos con el mundo; es que, durante un momento, “nos convertimos en él”.
El cuerpo no observa el tiempo del mundo desde un interior aislado. Lo percibe dejándose transformar por él, ajustando sus propios ritmos a los ritmos que llegan de fuera. Y quizás por esto, a las siete cuarenta y tres, cuando el tiempo de “su agenda” gobierna su cuerpo, él no puede entrar en resonancia con la música, pues su cuerpo, en esa rigidez acelerada, no puede reorganizarse para entrar en el tempo de Gravity, de Jeremy Ledbetter. Y por eso tampoco percibe otras cosas que pasan a su alrededor; por la imposibilidad de salirse del cauce temporal que le impone su calendario. Porque solo puede percibir el mundo siendo parte de él. Y no está en sintonía con el semblante melancólico del hijo que va a su lado, y no le hace la pregunta que podría desencadenar una conexión cercana entre sus cuerpos. No puede su metrónomo interno acoplarse al metrónomo interno del joven. Y el joven permanece resonando con su melancolía, con esa sensación particular y persistente de no encajar en su grupo de amigos, encerrado en una métrica que gobernará su infancia.
A las siete y cuarenta y cuatro, tampoco puede sentir su cuerpo tenso conduciendo el automóvil, un cuerpo que lleva demasiados meses con una disonancia interna. Pues hay una resonancia cuando las partes del cuerpo se coordinan, como cuando, caminando por la montaña, el paso se acopla a la respiración y aparece una fluidez; una euforia que recuerda al movimiento que se ve en los cachorros jugando. Pero su paso va por delante de su respiración. El reloj de sus pulmones no está sincronizado con el ritmo de sus músculos, porque su pensamiento va más rápido, al ritmo frenético de una aceleración que lleva años introyectada en su carne, y sus relojes celulares están trabajando sin descanso para sostener una demanda que no cesa. Y que mañana será mayor. Pero él no siente si su cuerpo está o no en resonancia. A las siete y cuarenta y cinco, suena la campana del inicio de las clases, y él esquiva un semáforo con la esperanza de llegar más rápido para poder vaciar la bandeja de entrada.
Ayer tenía la bandeja de entrada inundada. Pasó la mañana achicando agua, y cuando por fin terminó, sintió alivio. Se tomó un tercer café para celebrar. Pero hoy se encontrará con el agua al cuello otra vez. Sin darse cuenta, “la agenda” dejó de ser un objeto externo y se convirtió en un destino existencial; y el vaciado de bandejas en un bucle temporal, una repetición que recuerda a Sísifo, condenado a empujar una roca cuesta arriba para verla caer otra vez.
Y como a Sísifo, quizás los dioses le hayan castigado con un “consumo eterno”. Ayer se compró un nuevo ordenador que le permitió abrir más ventanas a la vez. Una RAM para trabajar más rápido, porque había observado una pequeña ralentización al minimizar las ventanas. Una lentitud que pasó inadvertida durante años, pero en aquella mañana le pareció insoportable. Un ritmo ralentizado que había sido perceptivamente amplificado por el anuncio que unos días antes le había llegado al correo, ese que procesa todas las mañanas. Se proyectó así mismo en el futuro, con la nueva máquina, más productivo, con más éxito en ese gran maratón social. Pero hoy ya se le ha olvidado. Ya no tiene ese destello de energía al abrir un paquete finamente envuelto y ver la nueva máquina reluciente. ¿Hacia donde enfocará su consumo hoy? ¿Una mejor chaqueta, unos mejores zapatos, una mejor pareja, más información, mas formación, mas podcast de productividad, más desarrollo personal, más prácticas de meditación? Y mientras, los vertederos no pueden con más objetos devaluados por el deseo, él tiene que seguir acelerando el coche, para llegar antes al colegio, para depositar a sus hijos, para tener tres minutos más, para seguir produciendo la misma cantidad de recursos que le permitan sostener su ritmo.
Pero no se da cuenta de su inercia. De que su cuerpo se mueve más allá de su voluntad, a un ritmo que no es producto de su “plan a cinco años”. Y de que hay hilos rítmicos que le marcan el paso como si fueran tambores que ya pasan desapercibidos, que ya son “naturales” para él, que se esconden como fuerzas gravitatorias que manipulan lo que desea, lo que mira y lo que siente, de forma tan eficaz que él piensa que es su ritmo, su elección y su proyecto de vida.
No se da cuenta de que él comenzó este ritmo frenético un día, mucho tiempo atrás, cuando en el asiento donde ahora va su hijo iba él, siendo un joven, y que en el lugar que ahora él ocupa iba otro señor con traje oscuro dirigiendo la máquina. Y de que la única forma de conectar con aquel señor era habitar su temporalidad, porque no hay otra forma de conectar con otro que no pase por ponerse a su ritmo. En esa resonancia con el hombre de traje oscuro, como si de un espejo rítmico se tratara, vio su propio gesto, entendió su papel en el mundo, su movimiento, y su forma de ser aceptado y querido. Más éxito, más esfuerzo, más aceleración; a cambio de calor y resonancia. Y por eso ahora vivía con frustración la lentitud de sus proyectos, y culpaba a las personas rezagadas que enlentecían las operaciones, y también la propia evolución de sus cachorros, siempre demasiado lentos para comenzar a andar, o demasiado poco hábiles para comenzar a hablar, o aprender a leer; allí en ese juego despreocupado. Y sufría la crítica de su propia voz echando en cara su fatiga, que le impedía ir más deprisa y no haber alcanzado ya, después de cincuenta años, lo que sí habían alcanzado otros. No se dio cuenta de ese otro mundo que perdía allí mismo, a las siete y cuarenta y seis. Lo tenía en frente, pero no podía resonar con otra cosa que no fuera el cauce de su agenda.
Ya va tarde. La angustia le hace pisar el acelerador. No se da cuenta de que el hijo, a su lado, tiene los ojos vidriosos, y de que su gesto y su respiración tienen ese ritmo encogido; tampoco escucha la improvisación con el piano de Ledbetter en el último bloque de la pieza; no le conmueve el sol naciente de marzo que tiñe de tonos rojos las fachadas pálidas de la ciudad; ni tampoco le conmueve una imagen fugaz que pasa entre otros muchos pensamientos: la de su esposa, que por la mañana le abrazó con la intención de buscar un poco de cobijo, pues todavía estaba afectada por la muerte de su hermano; pero no era el momento, porque justo sonaba el tostador, que en un golpe automático lanzaba el pan caliente hacia arriba; y seguir abrazando a su señora suponía un pequeño retraso en el desayuno que desencadenaría un precipitado de acontecimientos que le haría llegar tarde. Y quizás esas resonancias perdidas, como propone Harmut Rosa: la imagen de su mujer, el sol naciente o la conversación con su hijo, que le pasan desapercibidas en esos minutos de vida, son experiencias que le hubiesen conmovido, que le hubieran sacado de ese aislamiento acelerado, que le hubieran permitido sentir que la vida es más que ese cauce en el que ahora vive, que le hubieran hecho sentir que “su cuerpo es la carne del mundo”. Quizás incluso son la cura a su fatiga, porque la resonancia le hubiera traído una nueva vitalidad, hubiera re-encantado su tiempo vivido, le hubiera devuelto a la vida, a las relaciones, a las cosas. Que la cura a su aceleración no era ir más despacio. Era la resonancia con su hijo, ahí, a su lado, con el cuerpo congelado.
Y su hijo, a las siete cuarenta y siete, se revuelve en el asiento. Y no sabe contener su rabia; y explota por fin con un alarido liberador, y le echa en cara que no pueda llevarle el sábado al partido; y es que tiene miedo de los comentarios que sus amigos hacen de él, y es que necesita a ese señor de cincuenta años para sentir alguna seguridad, y es que necesita la seguridad para plantar cara a la situación con sus compañeros, pues se siente torpe, y no quiere estar toda la vida en esa torpeza, donde sus palabras no encajan en la métrica de las conversaciones, o que sus movimientos no se ajustan a la coreografía de sus amigos. Y es que su ritmo de crecimiento es más lento; como el de un elefante, que tiene más infancia que un felino; y hay un desajuste entre su cuerpo y el cuerpo de sus amigos, pero no lo puede entender, pues no tiene la perspectiva suficiente, y por eso necesita al señor que conduce a su lado, quien le mira, y al mirar, lo ve; no como un adolescente asustado, no como un cachorro con necesidad de conexión, ni siquiera como una persona, sino como un obstáculo en sus planes del sábado. Y le responde: lo siento, no tengo tiempo.
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